El muntanyenc

Cultura

El Pata de Palo

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Publicat el 31-05-2018

Text: Pepe Guevara

Imatges: L’autor i  Consell de redacció a Oaxaca

Pepe Guevara. Jove escriptor mexicà, nascut a Oaxaca de Juárez, viu a l’ombra del cerro San Felipe del Agua, cafeinòmen, lector actiu, ciclista desenfrenat, gran admirador de Poe i estudiant de Dret a la Universitat Autònoma Benito Juárez de Oaxaca (estat de Chiapas).

Pepe Guevara. Escritor joven mexicano, nacido en Oaxaca de Juárez, vive a la sombra del cerro de San Felipe del Agua, cafeinómano, lector activo, ciclista desenfrenado, gran admirador de Poe y estudiante de Derecho en la Universidad Autónoma Benito Juárez De Oaxaca.

Camí de Aguahirviente

 

   Porfirio, como lo llamó una sola vez su madre, nació enfermo; los doctores del pueblo, que iban y venían, nunca supieron explicarle a don Sotero qué más padecía su hijo.

     Fue a la escuela hasta que cumplió los ocho años. Ojalá Porfirio nunca hubiera ido porque, desde el primer día, sus compañeros de clases, ya le habían apodado el Pata de Palo. Dijo su padre que Pilito nació como cualquier mortal, pero el primer llanto que emitió fue porque ambos oyeron cómo su pierna derecha hizo un extraño crujido; desde entonces se le fue encogiendo la pierna poco a poco, día a día, hasta ser sólo un hueso cubierto de piel sin gracia.

    En vacaciones Pilo deseaba salir a jugar a la calle con los demás niños, que veía desde su ventana; cuando su padre notó esos deseos, buscó el método para hacerlo andar; entonces habló con su compadre el carpintero para hacerle una pata de palo.

     Tardó menos de una semana para sentirse capaz de salir a jugar fútbol, atrapadas, luchitas, rayuela y todos los demás juegos inventados por los niños; la mayoría, hijos de obreros igual que él.

    Fracasó, los niños comenzaron a burlarse y mentarle la madre; alguien le aventó una piedra mientras todos gritaban: ¡Lárgate, vete de aquí Pata de Palo! ¡No puedes caminar y sólo apendejas el juego! ¡Lárgate, vete! Volvió llorando a casa, su padre lo notó sin decir nada, sólo agachó la mirada.

    Esa noche, el padre fue a la cantina a echarse unos tragos para apaciguar el mal rato; lo observó un cliente de otra mesa preguntando qué tenía, él le contó la situación de su hijo, el otro le dijo que no se preocupara: “qué la pierna flacucha de su hijo tenía solución; es sólo cuestión de ir a La Peña y decirle al Chamán que cure la pata mala del niño”. Así sucedió.

     Lo llevó, como solía ser costumbre, en la espalda.

     Llegaron a una choza de carrizo humeado, lo bajó y lo puso en una piedra cerca de la entrada mientras él entraba a buscar al dueño.

    En una especie de oración acompañada de copal quemado, el Chamán embarró hierbas en la pierna disminuida de Pilito; aspiró el vapor que salía de ella y lo escupió en una calabaza que contenía semillas de colores; le dijo a su padre: “llévate está jícara y quémala debajo de la cama del chamaco cuando duerma, al día siguiente será como cualquier mortal”. Eso hizo.

    Esa noche, la criatura soñó que iba a la escuela corriendo porque se le hacía tarde. Cuando despertó sintió un ligero frío de incertidumbre, levantó la sábana y lleno de horror vio que su pierna estaba exactamente igual. Vociferó su angustia sofocada con suspiros. El padre despertó y corrió hacia él.

     —No te preocupes, no hay que perder la fe, mañana salimos temprano al pueblo de La Esperanza, dicen que la iglesia de ahí tiene santos que cumplen todas las peticiones —le dijo.

     —Pero papá, mañana es tu cumpleaños y comeremos mole —respondió.

    —Cumplir años es restarse un año de ignorancia, nada más.

    Salieron muy temprano, llevaron comida para el camino; don Sotero pidió prestada una carreta para llevarlo en ella. Tuvieron por cama la tierra y por cobertor el cielo; recorrieron tres días y dos noches para llegar al pueblo de La Esperanza.

    Una vez allí, pasaron toda la tarde y parte de la noche en la iglesia; rezando, rogando a Dios, en una especie de reclamos impulsados por lamentos, que curara la pierna mala de Pilito. Su padre dijo en voz alta a los santos que, si lo curaba, se comprometía a volver cada año con una ofrenda de agradecimiento.

    El niño ya se había cansado de estar horas de rodillas y le dijo a su padre que saldría un rato a dar la vuelta.

     —Vamos aseguir rezando.

     —Yano puedo —dijo Pilito.

     —Está bien, ve, pero no te vayas a ir tan lejos; yo rezaré por los dos.

     En el pueblo había mucho bullicio, monos de calenda, juegos pirotécnicos, un castillo, puestos de comida.

     Fue a descansar bajo un árbol que estaba en el jardín de la parroquia. Veía, sentado desde su sitio, cómo se divertían los demás niños, corriendo uno tras otro; se dio ánimos para ir con ellos. Se apoyó del tronco para levantarse y sintió algo extraño, como un mecate frio y escamoso que se deslizó por su cuerpo; espantado cayó al suelo. Pudo ver cómo se deslizaba una serpiente que parecía estar cubierta de chapopote, pasó por encima de la pata de palo y fue a clavar sus diminutos y mortales colmillos en la otra pierna; Pilo se desmayó.

    Cuenta su padre que escuchó mucho ruido y la gente decía “Ayuden al pobre chamaco”. Entonces comenzó a gritar ¡Porfirio, Pilo, Pilito, hijo! Se abrió paso entre la fiesta preguntando por su hijo, hasta que lo vio en el suelo con un montón de personas tratando de reanimarlo.

    Pilito no supo qué paso después, cuánto tiempo estuvo dormido o muerto, qué hizo su padre para curarlo o revivirlo. Abrió los ojos porque les había entrado sudor. El radiante sol lo deslumbró un rato, estaba mareado, le dolía la espalda de estar acostado en la carreta. Don Sotero lo llevaba de regreso a casa por la maleza del campo. Porfirio se dio cuenta que sudaba porque tenia una manta que lo cubría hasta el cuello. Su error fue haberse destapado; de un tirón quitó la manta y notó que ya no tenia la otra pierna. Cuando se percató su padre, tuvo que contarle que por la cantidad del veneno y tardar tanto en encontrar un medico, tuvieron que cortarle la otra pierna. ¡Gritó de terror! Lloró. Entonces supo cuánto le dolía verse incompleto.

    Lloró todo el día, toda la noche y parte del siguiente día. Su padre ya no hacía caso a sus lamentos. Pilito, en un arranque de desesperación se arrojo de la carreta, comenzó a arrastrarse, envuelto en polvo lloraba y gritaba que no quería volver al pueblo, que prefería morir. Don Sotero fue por él, lo levantó; con lagrimas en los ojos le dijo:

     —¿Qué estas haciendo? Deberías estar agradecido. Deberías darle gracias a los santos de La Esperanza que te han hecho el milagro, que oyeron nuestros rezos, porque nadie molesta a los niños como tú, ya nadie te dirá el Pata de Palo, nadie se meterá contigo —dijo muy sonriente.

    Pasmado, Pilo se lo quedó viendo. Su padre tenia razón, era un milagro, ya nadie se metería con él jamás.

 

Pepe Guevara

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